blanqueo semántico

Llamar «barrio» a una urbanización de lujo como Australy no es solo un truco de marketing inocente: es, en términos políticos y sociales, una indecencia. Supone apropiarse de una palabra cargada de historia, lucha y vida comunitaria para blanquear un modelo de ciudad pensado para la inversión y la especulación, no para la gente que trabaja y sostiene Estepona.

Un barrio no son solo edificios nuevos con spa, casa club y vistas al mar; un barrio es memoria, redes de apoyo, conflictos, comercios de proximidad, infancia en la calle, vecindad real. Vaciar ese concepto para aplicárselo a un producto inmobiliario de lujo es una forma más de colonizar también el lenguaje.

Detrás de esa etiqueta tan pulida de «nuevo barrio Australy» lo que hay es, en realidad, una operación clásica: construir un enclave cerrado y caro, venderlo como «nuevo núcleo urbano de referencia» y, de paso, empujar hacia fuera a la población que no encaja en ese modelo de ciudad escaparate.

Se habla de «conectividad privilegiada», «triángulo de oro» y «consolidación de un nuevo sector residencial», pero se silencia lo esencial: quién podrá vivir ahí y quién quedará cada vez más lejos de su propio municipio. No es un barrio que nazca de una comunidad, sino una comunidad que se pretende importar sobre el territorio, como si la Estepona previa fuera un decorado prescindible. El lenguaje aquí no es un detalle menor, es parte del negocio.

Llamar «urbanización de lujo» a Australy la situaría en su sitio: un producto para rentas altas, muchas veces de fuera, que viene a aprovechar un enclave privilegiado. Llamarla «barrio», en cambio, suaviza las aristas, hace que parezca algo casi natural, inevitable, incluso positivo para toda la ciudad. De repente, quien critica este modelo no parece estar cuestionando un proceso de gentrificación, sino «poniéndose en contra» del crecimiento de Estepona. Es una manipulación semántica que sirve para desactivar la crítica y para presentar la exclusión como modernización.

Es indecente, además, porque mientras se venden estos «barrios» de lujo, los barrios de verdad —los de viviendas humildes, los de alquileres al límite, los de la gente que madruga para sostener la economía local— quedan arrinconados, literalmente cercados por el nuevo cemento caro.

Se bajan impuestos a quienes compran vivienda cara, se presume de «deuda cero», pero sigue sin resolverse la necesidad de vivienda digna para la mayoría trabajadora. La ciudad crece hacia arriba en precios y hacia fuera en kilómetros, pero se encoge para quienes viven de un sueldo precario o de una pensión justa. A esa gente se le niega el derecho a permanecer en su propio barrio mientras se regala el concepto de «barrio» a una urbanización cerrada con jacuzzi.

Por todo eso, llamar «barrio» a Australy no es solo una cuestión de palabras: es una operación política. Es legitimar un modelo de ciudad donde la prioridad son los fondos inversores, los compradores extranjeros y la imagen turística, y no la población originaria que ha hecho pueblo con un turismo sostenible como base de nuestra economía —el justo para diversificar sin colonizar, sin desplazar a quienes construimos Estepona con sudor local—.

Es disfrazar de vida comunitaria lo que en el fondo es segregación socioeconómica. Frente a eso, defender la palabra «barrio» es también defender el derecho a la ciudad: a seguir viviendo, decidiendo y soñando en el lugar donde una comunidad se ha construido durante décadas sin necesidad de casa club ni folletos de marketing.

1 COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí