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07/03/26

El espejismo del progreso femenino: cuando la precariedad cambia de rostro

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Noemí Vinuesa
Noemí Vinuesa
Activista social vinculada a las luchas por el derecho a la ciudad, la vivienda y los barrios populares de la Costa del Sol, con una trayectoria arraigada en el movimiento vecinal y en espacios de organización comunitaria.  Fotógrafa profesional con estudios en Artes Plásticas, utilizo la imagen y la palabra como herramientas políticas para narrar la vida de la clase trabajadora, compaginando activismo y el trabajo obrero con la maternidad.

Activista social vinculada a las luchas por el derecho a la ciudad, la vivienda y los barrios populares de la Costa del Sol, con una trayectoria arraigada en el movimiento vecinal y en espacios de organización comunitaria.  Fotógrafa profesional con estudios en Artes Plásticas, utilizo la imagen y la palabra como herramientas políticas para narrar la vida de la clase trabajadora, compaginando activismo y el trabajo obrero con la maternidad.


En plena fiebre turística y urbanística, en muchos pueblos y ciudades de la Costa del Sol han surgido empresas dirigidas por mujeres que antes trabajaron limpiando para otros. Su historia podría parecer la del progreso y el empoderamiento, pero tras el brillo del emprendimiento se esconde una red de precariedad, abuso y silencios bien aprendidos.

Al calor del auge inmobiliario y la expansión de los apartamentos turísticos, nuestra localidad ha visto florecer empresas de servicios con una rapidez asombrosa. En su mayoría, están encabezadas por mujeres que, tras años dedicadas a la limpieza o a trabajos domésticos, vieron en esta nueva coyuntura la oportunidad de mejorar su situación económica. En principio, nada más loable: son historias de esfuerzo y superación, ejemplos de iniciativa personal en tiempos difíciles. Sin embargo, la realidad que se esconde tras ese relato de éxito dista mucho del discurso oficial sobre el “emprendimiento femenino”. Muchas de estas empresarias, que conocen bien la precariedad, acaban reproduciendo sin querer el mismo sistema que las oprimió. O porque el mercado no deja margen para actuar de otro modo, o porque asumir el papel de “jefa” se convierte en el único medio de sobrevivir. Así, la independencia se confunde con la sumisión a una economía sin control ni escrúpulos.

En mi caso, la experiencia fue a la inversa. Llegué a trabajar en la limpieza por una situación personal puntual. Para otra persona habría sido un paso atrás; para mí fue un golpe de realidad y, sobre todo, una lección. Me permitió ver de cerca la situación de muchas mujeres para las que esa precariedad no es circunstancial, sino permanente. Tuve la oportunidad de conocer historias sobrecogedoras, de mujeres agotadas y silenciadas, atrapadas en una rueda de trabajo precario, sin contratos reales ni horarios reconocidos. Los pagos llegaban en pequeñas entregas, cuando a la empresaria “le venía bien”. En una misma jornada podías cruzar la ciudad entera, de la zona del hospital al polígono, sin cobrar las horas de desplazamiento ni el transporte. Y aun así se esperaba gratitud. Agradecidas por trabajar, por cobrar tarde, por aguantar lo inaceptable.

Lo más doloroso es comprobar cómo este sistema también logra fracturar la solidaridad entre las propias mujeres. Algunas, las más fuertes o las más temerosas de perder su empleo, acaban siendo utilizadas como aliadas por las empresarias: controlan, supervisan, reprimen las quejas. Reciben a cambio pequeñas concesiones —una jornada más estable, un trato preferente— y se sienten afortunadas. Es la estrategia perfecta para que nadie se rebele: dividir, enfrentar, domesticar.

Nada de esto ocurre por casualidad. Es el resultado de un modelo económico que se sostiene sobre la debilidad ajena. Un sistema en el que el turismo y la especulación marcan el ritmo, mientras la administración tolera irregularidades evidentes. No hay inspecciones, no hay soluciones reales, y el discurso político sigue exaltando la “autonomía femenina” como si bastara con poner un cartel de empresa para cambiar una estructura de miseria.

Pero no hay empoderamiento cuando el progreso de unas se construye sobre el cansancio y la sumisión de otras. No hay avance si la dignidad laboral sigue siendo un privilegio. Porque no se trata solo de limpiar apartamentos de lujo, sino de limpiar conciencias: las de una sociedad que celebra el emprendimiento pero ignora la explotación que late debajo.

Hay quien piensa que estas historias son excepciones. No lo son. Son el reflejo más puro de un sistema que no quiere que nadie suba demasiado ni cuestione nada. Un sistema que castiga la pobreza y recompensa el silencio. Y por eso, lo verdaderamente transformador no es crear más empresas, sino romper esta rueda que mantiene a tantas mujeres atrapadas entre la necesidad y la resignación.

Si este es el modelo de desarrollo que aplaudimos, conviene preguntarse quién se enriquece y quién paga el precio. Tal vez la respuesta siga allí, en esas manos que cada día limpian lo que otros ensucian sin mirar atrás.

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